LA DECISIÓN Y EL MIEDO

 DESHOJAR LA MARGARITA

 

  
Una de las cosas que más nos atrasa y que más nos atormenta, es la falta de decisión. Es esa duda acerca de lo que debemos hacer en relación a una determinada situación que se nos presente. La duda y el miedo se mezclan a veces con la pereza……
 
Por eso queremos compartir con todos ustedes este artículo de Carlos G. Vallés:       
 
Los enemigos abiertos, como son el egoísmo, el orgullo, la envidia y la avaricia., también son enemigos temibles, pero al atacar en campo abierto se ven enseguida y se combaten directo. Los enemigos ocultos son más peligrosos, porque se acercan sin ser vistos y atacan en la oscuridad. Se infiltran en nuestras defensas y llegan sin sentir a lo más escondido del cuartel general donde se fraguan los actos humanos. El acto de decidirse es el más noble y profundo de todos los actos del hombre, la definición misma de la persona y la expresión última de su dignidad.
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Y precisamente porque es noble y profundo y define a la persona y constituye su dignidad, es difícil y penosa y lleva a la lucha y al peligro. Por eso nuestra primera reacción instintiva al enfrentarnos con una decisión es tratar de evitarla, disimularla, posponerla. Más decisiones se toman en este mundo por no tomarlas (que ya es una decisión) que por tomarlas, por inacción que por acción, por dejar que las cosas sigan su curso que por intervenir directamente para cambiarlo; y esas decisiones en vacío son, de ordinario, las que menos conducen al fin deseado. La no-decisión es la peor de las decisiones. La inercia volitiva es enfermedad mortal.
            Un torneo simultáneo de ajedrez en el que un campeón juega al mismo tiempo contra veinte o treinta adversarios, es un verdadero festival de decisiones. Los tableros quedan dispuestos a lo largo de una mesa en forma de U, y cada uno de los veinte o treinta jugadores toma su puesto frente a su tablero por la parte de fuera. El campeón, después de estrechar la mano a cada uno, se pasea despacio por la parte de dentro, y al pasar ante cada tablero mueve su ficha, vuelve a pasar, mira brevemente, piensa un instante, alarga la mano, vuelve a mover y sigue su camino. Vuelta a vuelta y jugada a jugada. Muchos contra uno, pero ese uno vale por todos. Concentración, dominio, claridad.
 
Cada jugada se apunta en su mente, cada tablero queda grabado en su memoria, cada situación es analizada según él sigue andando a su paso sin retrasarse, sin dudar, sin perder el ritmo. Un paso, una mirada, una jugada. Una y otra vez. Cada posición es distinta, cada jugada es única, cada adversario tiene su propio juego. El gran maestro de ajedrez sigue pasando, y su mente sigue disparando decisiones al pasar. En unos minutos ha hecho cientos de decisiones. Cada una a su tiempo, definida, exacta. Y casi todas acertadas. Al final de la sesión habrá ganado la mayoría de las partidas, tablas en un par de casos, y quizá alguna derrota. Y en todo caso queda el festejo de arte, técnica y genio que caracterizan al maestro. Sus decisiones son sólo decisiones de tablero de ajedrez, pero son imagen y reflejo de las decisiones en el tablero de la vida. El ritmo, la puntualidad, la exactitud de las decisiones también ayudan a ganar el juego de la vida.
            En cambio, la falta  de puntualidad puede hacer perder el juego. En todo campeonato oficial de ajedrez, aparte  de los dos jugadores y el árbitro en cada partida, hay un cuarto personaje: un reloj. Testigo esencial e implacable, con un papel bien definido en el juego: mide el tiempo máximo permitido a cada jugada y el tiempo total que los jugadores no pueden exceder. Si uno de los dos sobrepasa ese límite, pierde el juego. El reloj es incorruptible. Marca los segundos, avanza, avisa, da la hora final. Hay que hacer la jugada antes de que la manecilla vuelva a subir. Hay que tomar la decisión antes de que sea tarde.
 
Pero el jugador duda, extiende la mano y la vuelve a retraer, espera, se obnubila, queda paralizado, tieso, inerte. Mientras, el reloj sigue su esfera, la manecilla sube, el tiempo se agota. Llega el tope, y el jugador pierde. Eso no ha pasado muchas veces en la historia del ajedrez mundial, pero pasa todos los días en la vida ordinaria. Ha de tomarse una decisión. Toda decisión lleva dentro de sí misma un mecanismo de relojería, un tiempo límite, un cronómetro que marca el fin de etapa. Pero el jugador duda: la persona se para, vacila, difiere la decisión. Alarga la mano, pero no mueve ninguna pieza. Deja pasar el tiempo. Deja pasar la vida.
 
Y el reloj sigue, y el ritmo de la vida sigue. El último momento válido ante esa decisión se acerca, llega, pasa. El reloj da la hora y la decisión se pierde. Jugada a jugada, la vida se pierde. Una partida de ajedrez nos podría enseñar a jugar la vida. Un reloj al lado para cronometrar nuestras decisiones y proclamar el castigo al no tomarlas a tiempo. La inercia siempre pierde. Se nos puede ir el trofeo de las manos.
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