CARTA A MIS HIJOS…

(LO QUE SIGNIFICA SER UN BUEN PADRE)

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Ahora quiero hablarles de lo que significa ser un buen padre:

Mientras todavía estén jóvenes y solteros, sin hijos, hagan lo que hacen todas las criaturas del Señor: preparar el nido para cuando lleguen. No acepten una actividad vocacional que les impida ser un buen padre. Escojan su oficio de tal manera que aporte al máximo al desempeño de su papel como padres. El padre que se deja absorber por el éxito en los negocios será un pésimo padre. Si ganaran todo el mundo y perdieran el alma de su hijo, ¿de qué les aprovecha? Algunos adictos al trabajo dicen que lo están haciendo por sus hijos, para proporcionar seguridad, una buena educación, etc. ¿A qué se debe que los hijos de padres que trabajan duro y siempre están ausentes nunca aprecian ese sacrificio, y hasta muestran desprecio por el éxito de su padre? La razón es que a los hijos no se les engaña. Ellos entienden que la ausencia de su padre se debe a una falta de interés. Ellos consideran que su profesión tiene una motivación egoísta. Perciben que su padre deriva más satisfacción de su empleo, que de la presencia de ellos. Sea cierto esto o no, el resultado es el mismo. El éxito profesional siempre pasa. Tus hijos serán eternos. La educación que necesitará tu hijo no se puede comprar en la universidad. Se adquiere por las largas horas que el padre invierte haciendo cosas con sus hijos.

El concepto de “tiempo de calidad” en oposición a la “cantidad” es un sedante para las conciencias de padres modernos absortos en sus intereses mundanos. Una hora programada de atención de tipo “clínico” convierte tu “tiempo de calidad” en poco menos que una cita de negocios: una sesión de terapia, es irreal y pretencioso. La atención hipócrita a asuntos sin trascendencia abarata el compañerismo. El mejor tiempo que podrían pasar juntos es aquel que se invierte en las luchas reales para lograr metas en común. El niño desarrollará autoestima, no por ser el centro de la atención en conversaciones vacías, sino por la conquista de una necesidad en el mundo real: poner un buzón de correo, un tendedero, podar el pasto, partir leña, lavar ventanas, construir una casa para el perro, acompañar a papá a su trabajo para ser un ayudante de verdad. ¿Recuerdan cuando Don Madill venía a trabajar en nuestra carpin­tería acompañado por su hijito de dos o tres años que limpiaba el aserrín o martillaba un clavo? En esa relación padre-hijo no había pretensión ni prisa. Actualmente sus hijos son todos unos hombrecitos, seguros respecto a su papel en la vida.

En cuanto nazca su primer hijo, inicien su papel como padres. Releven a su cansada esposa por un par de horas, tomando al bebé y atendiendo a todas sus necesidades. Cuando estén leyendo o descansando, acuesten al bebé en su regazo. Cuando ustedes tenían apenas unos cuantos días de nacidos, yo los recostaba en mi pecho para que pasaran una noche inquieta. Llegué a acostumbrarme de tal manera, que podía dormir profundamente con uno de ustedes en mi pecho. Su madre exhausta, necesitaba un pequeño descanso. Cuando yo era recién casado, esperaba que mi esposa fuera una súper mujer. Pronto comprendí que si iba a soportar varios partos más y con buen ánimo, iba a necesitar mucho apoyo. Traten a su esposa como a una delicada flor y ella tendrá energías para ser una madre más dadivosa. Estoy consciente de que ustedes, hijos, no necesitan dormir mucho. Sin embargo, si cada dos o tres años fueran sujetados a una cirugía mayor, y se les extrajera un tumor de 12 kg. y le tuvieran que prestar su cuerpo a un lechero, también requerirían más descanso. Permitan que su esposa duerma un poco más que ustedes, y ella será mucho más eficiente.

A pesar de que yo pasé mucho tiempo con ustedes cuando eran pequeños, siempre le dije a su mamá: “Son tuyos hasta que puedan seguirme afuera, luego serán míos.” Lleven a sus pequeños con ustedes a muchas aventuras. Exploren y descubran nuevamente todo el mundo con cada uno. Yo los llevaba a la cacería de conejos en un “canguro”. Mis perros cazadores estaban tan condicionados que cada vez que veían el canguro, creían que íbamos de cacería. Creo que le dio gusto a Rebekah cuando llegó Gabriel y la desplazó del canguro.

Denles muchas cosas para que sus hijos ejerciten su creatividad: cajas de cartón, dados de madera, aserrín, arena, palos, martillos y clavos. Eviten los juguetes comprados en la tienda, porque éstos apagan la creatividad de los niños, limitando su imaginación. Un principio importante que hay que recordar, es que mientras más tiempo inviertan haciendo cosas juntos, menos problemas de disciplina tendrán. El hijo que adora a su padre, deseará agradarlo en todo lo que haga. Un hijo no se puede rebelar contra su mejor amigo. Cuando tengan edad para ver las imágenes en un libro, pasen tiempo dándole vueltas a las páginas con ellos. Cuando tengan edad para entender, empiecen a leerles o contarles historias bíblicas. En el transcurso del día, en forma natural, platíquenles acerca de nuestro Padre Celestial. Examinen juntos la naturaleza como una creación sabia de un Dios magnificente.

No aplacen el momento para actuar como padres. Cada día que ellos crezcan sin ustedes, serán como una mata de tomate que crece sin guía. Se extiende sin rumbo. Salen las hierbas donde no se pueden sacar. Los tomates se darán sobre el suelo donde se pudrirán. El padre que está “presente”, siempre involucrado en la vida de su hijo, conocerá su pulso. Si elogian y premian la conducta deseada, habrá muy poca conducta indeseable. Estarán pronunciando cincuenta palabras de aliento por cada reprensión. Pero, no sean víctimas del sustituto psicológico moderno: descuidar al niño y luego entrar corriendo a decirle algo positivo. Es artificial y es lisonja. Los comentarios positivos que no son merecidos por esfuerzos legítimos son destructivos. El niño debe saber que se ha ganado cada elogio que reciba. Los elogios que no se basan en esfuerzos meritorios son tan injustos como el castigo administrado sin provocación. Enseñará una mentira en el sentido de que invierte la realidad. No existe ningún sustituto para una presencia real y auténtica. Si tu hijo no está haciendo nada digno de elogio, tómalo de la mano y permite que camine contigo hasta que sí haga algo digno. Los niños abandonados se convierten en niños rechazados. El niño necesita a su padre como una planta necesita la luz para crecer sano. No basta la luz del relámpago o el destello. Se requiere la iluminación estable y permanente de la presencia del padre.

Por ningún motivo dejen la enseñanza espiritual únicamente en manos de la madre (por muy bien que lo pueda hacer), porque los niños crecerán pensando que la religión es cosa de mujeres. Ustedes acuesten a los hijos en la noche y lean y oren con ellos. A medida que vayan creciendo sus muchachos, aseguren que no estén demasiado encerrados con los estudios. Para cuando cumplan doce o trece años deben haber terminado con su escuela estructurada y deben estar involucrados en un oficio con ustedes. Sigan exponiéndolos a conceptos e ideas; pero sobre todo provean problemas de la vida real que ellos deban resolver: reparación de bicicletas, motor pequeño o aparato doméstico. Toda clase de construcción y mantenimiento constituye entrenamiento esencial. El concepto que pretenden comunicar es el de independencia y confianza. El joven que sabe hacerlo, repararlo, construirlo, intentará cosas nuevas con la confianza de lograrlas. La confianza en el trabajo se traducirá en éxito en la educación.

Recuerden al joven mennonita de 27 años, con su primer auto, que partía para ir a la universidad en una ciudad distante, dejando todo lo que le era familiar, enfrentando retos que nunca antes había contemplado. Yo tenía mis dudas respecto a su capacidad para triunfar en ese nuevo ambiente. No contaba con ninguna de las destrezas necesarias. Su nivel educativo era equivalente al de un niño de sexto grado. Cuando intenté advertirle respecto a las dificultades que le esperaban, dijo: “Siempre he logrado todo lo que he intentado, podré hacer esto también”. No resultó fácil para él, pero obtuvo un promedio de 90% en el primer semestre. Fuera en las cosas manuales o en las cosas intelectuales, había aprendido a triunfar. Si le imponen a un niño pequeño una carga de estudio tal que lo haga sentirse incapaz, le estarán inculcando el principio del fracaso. Primero enseñen a sus hijos a trabajar con las manos, y la educación de su mente se producirá con mayor facilidad. No dejen a sus hijos varones en casa con mamá y a las niñas en clase. Ellos deben andar afuera con los hombres.

Hijos, ayuden a sus esposas a entender entrenamiento y disciplina. No den por hecho que ellas automáticamente están preparadas para ser madres. Algunas madres no tienen el valor necesario para disciplinar. Les dirán a los niños: “Ya verás cuando llegue tu papá: él te va a pegar”. Cuando ustedes entren a la casa, desearán que los hijos vengan a subirse a sus piernas y jalarles los brazos y que no se escondan en un rincón. Tres horas de estar temiendo la llegada de Papá es una programación devastadora. Hagan que su esposa aplique su propia disciplina. Verifiquen su propio equilibrio, preguntándose: “¿Mis hijos me ven como un severo disciplinador o como un alegre y maravilloso compañero y guía?” Sus juicios y castigos deben perderse entre muchas horas de alegre compañerismo.

Por último, a medida que sus hijos crezcan, permitan que ellos se sientan parte de las luchas de la vida. No ostenten tanto “éxito” como para proveerles todo lo que puedan necesitar o desear. Si descubren que todo se está dando con demasiada facilidad, regálenlo todo y comiencen de nuevo bajo circunstancias más difíciles. La vida sin luchas no provee la satisfacción de tener triunfos. Si pierden sus zapatos, permitan que se queden descalzos hasta que ganen dinero para comprar otros. Aseguren que no cuenten con toda clase de manjares exquisitos para comer. Permite que aprendan a contentarse con privaciones. No permitan que entren a la casa los alimentos chatarra ni el azúcar. Si nunca los prueban, no los desearán. Si comer entre las horas de alimento impide que coman verdadera comida (carne, papas, verduras, ensaladas, etc.), entonces no les permitan comer sino en las horas de comida. Existen algunos sabores o texturas por las que sentimos rechazo. Permitan que cada niño tenga una o dos aversiones; pero aseguren que sus preferencias no sean demasiado limitadas. Si a un niño no le gusta lo que hay en la mesa, dejen que se quede sin comer hasta la siguiente comida. Un poco de ayuno es buen entrenamiento. Si tuvieran un niño que es especialmente mañoso y come muy poco, entonces denle principalmente lo que no le gusta hasta que aprenda a disfrutarlo.

Olvídense de comprarles juguetes. Algunos juguetes funcionales son deseables, como un camión metálico para los niños o un triciclo o bicicleta para los mayores. Es benéfico para las niñas jugar con loza de juguete y muñecas bebés (que se parezcan a bebés de verdad). Solamente no cultiven sus inclinaciones ambiciosas enseñándoles a esperar que les concedan todos sus gustos. Nunca cedan a la presión de las modas. El cristiano debe tener la dignidad suficiente como para no dejarse llevar por los publicistas de Madison Avenue. Su calzado, ropa y cereales deben ser seleccionados por su utilidad, no por el estilo. Hollywood no es para los hijos de Dios. No permitan que entre en sus hogares la propaganda subversiva, insensata tipo Plaza Sésamo. La mentalidad de sus hijos debe ser moldeada por la Palabra de Dios y el ejemplo cristiano, no por los pervertidos sexuales y socialistas. Si quieren destruir a su familia, consíganse una buena televisión y videocasetera para que les hagan compañía a sus hijos. La familia cristiana es una madre y un padre con sus hijos; todos viviendo, riendo, amando, trabajando, jugando, luchando y logrando cosas juntos para la gloria de Dios.

Necesitan tener una visión más grande que lo temporal y terrenal. No están preparando a sus hijos para el tiempo, sino para la eternidad. Adán engendró un hijo a su semejanza. Ustedes engendrarán hijos e hijas a semejanza de ustedes. Toda empresa terrenal debe contemplar la eternidad. Así como sus hijos llevarán la imagen de sus padres terrenales, deben llegar a llevar la imagen del Padre Celestial. Nacidos a imagen de ustedes, deben renacer a imagen de Cristo. Ser conformados a la imagen del Hijo de Dios es nuestra expectativa y esperanza. Es una aspiración colosal, pero tenemos los recursos del cielo a nuestra disposición. La sabiduría se da a quien la pide. Amar es el único mandamiento; el ego nuestro más grande enemigo; la Biblia nuestro único recurso educativo; el Espíritu Santo nuestro consolador; la sangre de Cristo nuestra única esperanza. Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, “sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.

Michael & Debi Pearl
Tomado de “Para entrenar a un Niño”
Capítulo 20 (Segunda Parte)

https://www.dropbox.com/s/bnb75mt7qsgjxb0/Texto.pdf?dl=0

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