Y TÚ?, ¿SABES VIVIR?

 

Aunque no todos, y no siempre, seamos conscientes de ello, en la naturaleza del ser humano está la voluntad de evolucionar.
Esta evolución puede tomar varios caminos: desde el que sólo está interesado en los aspectos económicos o sociales, hasta el que tiene su Crecimiento Personal o a Dios como objetivo.

He tenido ocasión de conocer a todo tipo de personas.
Los que sólo están interesados en lo material, en los placeres, en lo tangible, en aparentar, en presumir, están convencidos de que es lo correcto: la vida se va a acabar en cualquier momento y hay que disfrutarla. Nadie sabe si hay algo después. Y es cierto que la vida es un festín de delicias para disfrutar.
En otro caso opuesto, hay personas que renuncian a los placeres de la vida, porque los ven como tentaciones del demonio; tienen el concepto de que a esta vida se viene a padecer, o se engañan pensando que no importa sufrir en esta vida porque después vendrá otra mejor, que es la eterna, y que las maravillas de la otra están negadas a quienes no vivan una vida de ascetismo y renuncia.
Entre estos extremos, existen todas las opciones posibles.

Cada uno se marca un modo de ver la vida, de acuerdo a unas creencias que, en la mayoría de las ocasiones, no son propias; otras veces ni siquiera es uno quien decide qué quiere hacer, sino que va haciendo sin proponerse nada: vive al día, enfrenta las cosas que vienen cuando ya son inevitables, se considera víctima del destino o de un mal karma, y no se defiende de las “inclemencias” de la vida.
En otras ocasiones, uno intuye algo distinto, o escucha la voz inaudible dentro de su corazón, a la que llama conciencia o sabiduría interior, y sigue sus dictados. Se da cuenta de que es una persona, y lo que eso significa e implica: sabe que es una mezcla equilibrada de humanidad y divinidad, y que ha de atender a ambas. Se siente responsable de ser cada día mejor persona, de fomentar todas sus inquietudes en vez de negarlas, de ver con los ojos gozosos, de llevar alegría y esperanza a quienes encuentre en su camino, y de ser, por lo menos, moderadamente feliz.

Hay quienes reniegan de la parte física y se empeñan en potenciar la espiritualidad viendo el cuerpo simplemente como una necesidad para estar en el mundo pero, al mismo tiempo, como un obstáculo para la evolución espiritual.

Cada uno tiene su propia verdad, y es difícil convencerle de que no es la adecuada, o la correcta, porque sí lo es para su mentalidad o su desconocimiento.

Lo curioso es que todos están en lo cierto y todos están equivocados.
El problema es el acierto de los porcentajes en la fórmula.
Son ciertos los condicionamientos que tenemos para acceder a la espiritualidad tal como accedemos al agua para beber; son ciertas las trampas de nuestra propia mente, los errores de percepción, la desatención continua a la vida, cómo dejamos pasar las oportunidades de vivir con mayúscula, el abandono continuado de nuestros tambaleantes ideales, la falta de un plan de vida que sea nuestro guía y objetivo al mismo tiempo… son ciertas las zancadillas que nos ponemos continuamente, la falta de fe, o el exceso de ella que se convierte en fanatismo, el desconocimiento de ese aspecto tan importante en la vida, la falta de promoción del acceso a Lo Superior, que no se enseñe en la escuela qué es la vida y cuál su sentido, la negación del Dios interior, la búsqueda infructuosa de Sentido y Luz…

Los seres humanos somos un error en ese sentido. Estamos en el mundo y, en la mayoría de los casos, no sabemos para qué estamos y no hay una fuerza imparable que nos empuje a averiguarlo.
Una gran cantidad de vidas se desperdician sin sacarles todo el jugo, ni la enseñanza, ni la paz y el amor que llevan incluidas.
Una pena.
Vivir y morir pierden su sentido.

El espacio entre el alumbramiento al mundo y la parada definitiva de los pulmones se vive solamente en un pequeño porcentaje, y se desaprovecha o derrocha en una cantidad superior.
Si uno hace un examen de conciencia, una revisión honrada de su vida, difícilmente pasa del aprobado justo.
Sí es verdad que hay buenos o grandes propósitos, pero se aplazan continuamente, o se deja en manos del azar su cumplimiento, y hay quien espera a que venga una nave espacial o un Ser de Luz de cualquier color y le saque de la densidad material y le convierta en luz cósmica así por las buenas, que hay gente para todo.

La realidad es que estamos en esta vida, que es un regalo de quien sea, y nos parece tan normal estar aquí que no sabemos apreciarla, y se nos escapan los instantes sin sacarles el jugo, y los amaneceres nos parecen tan rutinarios que ni les miramos a la cara, y al sol, como está siempre ahí, lo infravaloramos, y a los seres queridos que están a nuestro alrededor no les abrazamos a diario, no les decimos mil veces cuánto les amamos –o no les amamos como se merecen- y ha de ser su muerte quien venga a recordarnos lo que no hicimos.

Tenemos la vida aquí, hoy, entre las manos, y se nos escapa como si fuera agua.
“Mañana será otro día”, decimos. “Empezaré mañana”, decimos, porque creemos que hay muchos “mañanas”… hasta que se acaban, o hasta que uno llega a la edad de los arrepentimientos y se da cuenta de cuánto no hizo, de cómo se le fue todo sin darse cuenta. Y llora. Llora unas lágrimas que, lejos de consolarle y calmarle, son cuchillos que se le clavan.

El porcentaje de pasado cada día es mayor, y el de futuro mengua rápidamente.
La frase dice: “Hoy es el principio del resto de mi vida”.
Esta puede ser otra frase más del montón de frases célebres que somos capaces de repetir sin que nos afecten lo más mínimo, o puede ser un punto de inflexión y reflexión, y puede llevarnos a otra línea de salida, a otro camino y otra meta.

Vivir la vida requiere mucho tiempo de reflexión, mucho tiempo de quedarse uno a solas consigo mismo y preguntarse y escuchar las respuestas, y exige tomar decisiones y llevarlas a cabo.
La propia vida es una responsabilidad muy grande.
Creo que cuando uno acepta venir al mundo y vivir, se compromete a hacer de esta oportunidad que le es dada una vida digna, plena, llena de muchos buenos momentos, con gran cantidad de sonrisas, de buenas voluntades, de abrazos, de amor, de agradecimiento, y de integridad.

Te propongo parar.
Dedicarle todo el tiempo que sea necesario a tomar conciencia exacta de esto que es vivir.
Tiempo y silencio, para que puedas hacerte preguntas. Para que hagas propósitos y los cumplas.
Decidir si quieres darle más intensidad y sentido a tu vida, y hacerlo.

Es mejor “perder” un poco de tiempo en hacer esto que te sugiero, que malgastar el resto de tu vida, perdiéndote la única ocasión que vas a tener de vivirla.

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