UNA FRÁGIL RELACIÓN

 

Todo ocurrió uno de esos días que todos tenemos. Mi amigo, después de más de ocho años de trabajo ejemplar en su compañía, finalmente había obtenido una esperada promoción en su puesto. En la charla con su jefe, se entretuvo más de lo acostumbrado en su oficina por lo que llegó a su casa después de la hora de cenar. Regresó a su casa muy contento y lleno de entusiasmo. Al llegar se dirigió a la sala, y encendió la televisión para ver si su nombramiento era anunciado en las noticias regionales.

Su esposa había tenido un día completamente diverso. Al llegar de haber dejado a sus hijos en la escuela y de hacer las compras de la casa, se encontró un mensaje del colegio de su hijo. Se reportó a la escuela y le dijeron que urgía su presencia en la oficina del Director. Una vez en el colegio le mostraron las dimensiones del vidrio que su hijo había roto arrojando piedras a sus compañeros. Además le hicieron saber que por ésta y por otras faltas de disciplina, el niño iba a ser suspendido durante tres días. Al salir del colegio descubrió que su carro no estaba y uno de los vigilantes le informó que se lo había llevado la grúa por estar mal estacionado. Después de largos y molestos trámites logró recuperar su carro, acompañada, desde luego, por su malhumorado y malencarado hijo.

Había ya perdido toda la mañana y buena parte de la tarde sin que estuviera lista la comida. Al llegar a su casa tenía un recado en la puerta: precisamente en ese día habían llevado la lavadora del taller de reparaciones, por lo que tuvo que ir a rentar una camioneta para recoger su lavadora. Finalmente y ya más tranquila, decidió al menos preparar una sabrosa cena para su esposo, para comentarle todo lo ocurrido durante el día, esperando su comprensión y consuelo, pero él nunca llegó a cenar, por lo que ella cenó sola.

Ya casi daban las diez de la noche, cuando finalmente su esposo apareció muy eufórico pitando y haciendo escándalo. Ella, por supuesto no salió, y mucho menos al pensar en la incomodidad de los vecinos. Después pudo entrever cómo él se tiraba en el sillón y subía los pies sobre la mesita. Poco después escuchó un grito de su esposo pidiéndole de cenar. Esto la hizo estallar; irrumpió en lágrimas, y se retiró a dormir a la alcoba de sus hijas, ante la sorpresa de su esposo. Él se quedó pensando que era sumamente difícil compartir sus éxitos con su esposa y ahí se rompió la frágil relación y toda oportunidad de diálogo. Desde ese día hasta el día de hoy, ha transcurrido una semana.

¿A cuántos de nosotros nos ocurrirá lo mismo y todo por falta de comunicación y una ausencia total de diálogo? Es una pena que para darnos cuenta de lo importante que es la comunicación conyugal, tengamos que vivir decepciones injustificadas como ésta.

Todos los que hemos contraído matrimonio debemos ser conscientes, hoy más que nunca, de la gran cantidad de problemas que amenazan a la vida conyugal. Por ello es de suponerse que entre todos nosotros se debe formar una fuerte y determinada motivación para luchar contra la destructiva indiferencia que produce la ausencia de diálogo en nuestros matrimonios y que quizá corroe ya las entrañas de nuestra aparentemente apacible vida familiar. Desgraciadamente nunca nos detenemos a pensar cuánto tiempo pasamos en familia, y de este tiempo cuánto destinamos a un diálogo franco y sincero con nuestra pareja. Nos resulta casi automático el hecho de tener esposa y de vivir en un hogar.

Seguramente muchos matrimonios se estarán yendo a pique por situaciones semejantes a esta. ¿Cuándo fue la última vez que conversamos y convivimos verdaderamente con nuestra pareja en un diálogo profundo y honesto? Si ni siquiera recordamos esta fecha, quiere decir que en nuestra relación se está gestando el virus de la indiferencia y ésta puede convertirse en una enfermedad progresiva y mortal. En cambio si usted forma parte de las parejas felices, mire a su alrededor y dese cuenta del inestimable valor que posee el tesoro del diálogo en su familia y conserve este tesoro como el más valioso legado que puede dar a través del ejemplo a sus hijos.

***************

 

A VECES

A veces, se nos va el tiempo, en discusiones sin sentido.
A veces, en vez de decir cuánto amas, te la pasas diciendo tonterías.
A veces, pierdes a la persona que más amas, por no tratar de entenderla.
A veces, es bueno decir te amo, en vez de decir otras cosas.
A veces, es bueno pedir a Dios amarte más y que me entiendas mejor.
A veces, las mañanas no son, como quisieras que fueran.
A veces, el sol no brilla como quisieras y tus días son grises.
A veces, no ves la luna y tus noches son oscuras.
A veces, hay que tener paciencia con la persona que dices que amas.
A veces, nos ciega la ira y ofendemos sin querer, a quien más amamos.
A veces, es bueno pedir perdón, si sabes que has ofendido.
A veces, es bueno dar gracias a Dios por tenerte.
A veces, es bueno ofrecer una plegaria a Dios, dando gracias.
A veces, es bueno decirle a un amigo cuánto lo extrañas.
A veces, es bueno ver los defectos tuyos antes que los ajenos.

Por eso yo hoy te digo:

Que me perdones por todos esos momentos que no disfruté de ti, por andar en discusiones tontas.

Quizás olvidaremos, pues hay que olvidar y perdonar.
Que el sol hoy, está alumbrando este día más que nunca.
Que mi noche es clara, porque la luna está dándome su luz.
Que mi Dios escucha mis oraciones y está conmigo.

¿Por qué si la vida es tan corta, me la tengo que pasar peleándome con todos los que me rodean?
¿Por qué no disfrutar de estos momentos, que son tan pocos, que viven en ti y te dan esa energía que necesitas, para luchar en la vida por lo que quieres?

¿Por qué no sonreírle a la vida?
¿Por qué no rodearme de amor, así la vida la veo de otro color, y las penas son menos y los dolores se curan más rápido?

A veces, es bueno decir estas palabras. Hoy es un día que quiero decirte esas palabras

 

Autor Desconocido

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