APRENDIENDO EL ARTE.

Cuando la gente le preguntaba cómo es el Zen, Gosa Hoyen solía contar la historia del ladrón y su hijo.
Dándose cuenta de que su padre, que era un ladrón, se estaba haciendo viejo, el hijo le pidió que le enseñara el oficio, para poder continuar con el negocio familiar cuando el padre se hubiera retirado.
El padre estuvo de acuerdo y así fue como, esa misma noche, los dos lograron entrar en una casa que estaba a oscuras, mientras sus moradores se hallaban durmiendo. En un momento dado, el padre abrió un gran ropero y le dijo al joven que se metiera dentro y sacara toda la ropa de valor que pudiera. Tan pronto como el hijo estuvo dentro, el padre cerró el ropero y tiró la llave.
De inmediato armó un jaleo terrible, un batifondo que sólo podía lograr que todos los habitantes de la casa se despertaran. El padre, cuando vio que había logrado su propósito de despertar a la gente, se escabulló de allí con sumo sigilo.
Encerrado dentro del ropero, el muchacho estaba muy enojado, aterrorizado y confundido, porque no sabía cómo salir de allí, mientras escuchaba que los dueños de casa lo estaban buscando.
Entonces, se le ocurrió una idea: simuló el maullido de un gato. Alguien de la familia le ordenó a una doncella que tomara una vela y examinara ese ropero.
Cuando abrió la puerta, el muchacho saltó afuera, apagó la vela, empujó a la sorprendida doncella, salió por la ventana y echó a correr a toda velocidad. Todos los habitantes de la casa corrieron detrás de él.
Desesperado, mientras seguía corriendo a todo vapor, el muchacho vio que junto al camino había un gran estanque y arrojó entonces una enorme piedra en el agua. Hecho esto, se escondió en la oscuridad. Los perseguidores se reunieron alrededor del estanque, para ver si lograban ver al ladrón, de quien suponían que estaba ahogándose.
Así fue como, aprovechando esa confusión, el muchacho logró escabullirse y escapar rumbo a su casa. Cuando llegó, estaba tremendamente enojado con su padre y le quiso contar la historia. Pero el padre, con un ademán riguroso, lo interrumpió y le dijo: “No te molestes en contarme los detalles… Estás aquí, has aprendido el arte”.
Tu padre te ha encerrado en el ropero del ego y no sabes cómo salir de ahí sin que te atrapen. Tendrás que improvisar. En primer lugar, fingir que eres lo que no eres, tal como el ego acostumbra. Eres un hombre, pero maúllas como un gato. A continuación, salir de allí y apagar la luz, para que no puedas ser reconocido. Si tu rostro no está visible, tampoco está visible tu personalidad. Recuerda que la personalidad se concentra en el rostro de cada cual.
La personalidad es lo que nos diferencia a unos de otros, al igual que la cara. Al apagarse la luz, te tornas invisible. Y en esa oscuridad aprovechas para escapar. A continuación, para evitar cualquier
equívoco, fingir que estás muerto. Y por último, quedas en libertad.

Cada uno de nosotros ha experimentado la misma situación, porque nuestros padres nos han encerrado en el ropero del ego. Además, nos enseñan el oficio de los ladrones, que se apoderan de lo que no es suyo. En este caso, el ego se apodera de lo que llama “su” vida.
Cuando el hijo quiere volver al paraíso, se encontrará encerrado en el ropero. Cada uno de nosotros está en la misma situación. Queremos volver al paraíso, pero el ego no nos deja. Para volver al presente (al paraíso) tendrías que dejar de ser el ego. Te identificas con el ego y cuando quieres estar presente no puedes. Por supuesto que no, si el ego es la negación del presente.
El presente es la voluntad del presente. Es una voluntad omnipresente. Si quieres hacer tu voluntad, el presente habrá de expulsarte. Esto ya lo hemos visto. Ahora, hagamos de cuenta que tú y yo somos dos gotas de agua. Tanto tú como yo estamos en un océano, el océano del presente. Por lo tanto, podríamos decir que somos el presente.
Sin embargo, por una cuestión cultural y una exigencia social que ejerce una tremenda presión sobre nosotros, estamos acostumbrados a negar el presente.
En esta situación, lo que te sucede es algo muy difícil de comprender: te estás negando a ti mismo. Tú eres el presente, pero te niegas a ver el presente, a vivirlo, a ser el presente. Entonces te estás negando a ti mismo.
Extraído de “El Abrazo del Presente” – Furia del Lago 
 
 
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